16 de julio de 2026

Diabetes y salud mental: la asignatura pendiente

 
Comentario del Dr. Enrique Carretero Anibarro (@Enriq_Carretero)

El bienestar psicológico es un componente inseparable del pronóstico de las personas con diabetes (DM). Para los profesionales de atención primaria, que acompañan al paciente durante años, el mensaje es relevante: cuidar la salud mental también es tratar la DM.

La revista The Lancet Diabetes & Endocrinology analiza cinco grandes problemas de salud mental asociados a la DM: el miedo a la hipoglucemia, el distrés relacionado con la DM, la depresión, los trastornos de la conducta alimentaria y las alteraciones del sueño. Todos ellos son mucho más frecuentes en personas con DM1, DM2 y DM gestacional que en la población general y, además, mantienen una relación bidireccional con la enfermedad: la DM favorece estos trastornos y estos empeoran el control metabólico, la adherencia terapéutica, la calidad de vida y el riesgo de complicaciones. (Sigue leyendo...)

Uno de los conceptos más interesantes es el de distrés diabético, que es un concepto diferente de la depresión. Este se define como el desgaste emocional que supone convivir cada día con una enfermedad que exige decisiones constantes sobre alimentación, ejercicio, medicación o monitorización glucémica. No es un trastorno psiquiátrico, pero tiene un enorme impacto clínico. El estudio DAWN2 mostró que el 45% de las personas con DM presentaban niveles elevados de distrés. En Europa occidental las cifras oscilan entre el 20 y el 30%, mientras que en países como España se sitúan entre el 50 y el 70%.

La depresión constituye otro de los grandes protagonistas de la revisión. Las personas con DM1 presentan aproximadamente el doble de riesgo de padecer depresión que la población sin DM (OR 2,1), mientras que en la DM2 el riesgo aumenta un 80% (OR 1,8). Además, la depresión se asocia a peor control glucémico, menor adherencia al tratamiento, mayor riesgo de complicaciones micro y macrovasculares y aumento de la mortalidad.

Otro aspecto poco abordado en la práctica clínica es el miedo a la hipoglucemia. El estudio DAWN2 mostró que el 56% de las personas con DM manifestaban preocupación por sufrir una hipoglucemia. Este miedo condiciona la vida cotidiana, favorece mantener glucemias deliberadamente elevadas y reduce la calidad de vida. Paradójicamente, muchas veces tratamos la hipoglucemia desde el punto de vista metabólico, cuando en realidad el problema principal es emocional.

Los trastornos de la conducta alimentaria también reciben una atención especial. En DM1 destacan la restricción intencionada de insulina (INS) para perder peso y la bulimia, mientras que en DM2 son más frecuentes la ingesta impulsiva y la ingesta nocturna. En personas con DM1 el riesgo de desarrollar un trastorno alimentario es aproximadamente 2,5 veces superior al de la población general, y alrededor del 10% utiliza la omisión de INS como estrategia para perder peso.

El sueño completa este círculo. El insomnio, la apnea obstructiva del sueño y otros trastornos del descanso se asocian con peor control glucémico, mayor distrés y peor calidad de vida, reforzando la idea de que todos estos problemas se potencian mutuamente.

La buena noticia es que existen intervenciones eficaces. La terapia cognitivo-conductual, los programas escalonados (stepped care) y determinadas intervenciones psicológicas reducen el distrés y los síntomas depresivos. Además, las intervenciones digitales comienzan a demostrar resultados prometedores y podrían ser especialmente útiles en sistemas sanitarios con escasez de psicólogos.

La tecnología aplicada a la DM también desempeña un papel relevante. La monitorización continua de glucosa (MCG) y los sistemas automatizados de administración de INS reducen el miedo a la hipoglucemia y el distrés en muchos pacientes. Sin embargo, también pueden generar nuevas fuentes de estrés, como la fatiga por alarmas o la sensación de pérdida de control.

Un aspecto especialmente práctico es la recomendación de realizar un cribado sistemático. Las guías de la Asociación Americana de Diabetes (ADA) y el consenso de la Asociación Americana de Diabetes/Asociación Europea para el Estudio de la Diabetes (ADA/EASD) recomiendan evaluar al menos una vez al año el distrés diabético, la depresión, la ansiedad, el miedo a la hipoglucemia y los trastornos de la conducta alimentaria mediante cuestionarios validados. Sin embargo, estos problemas siguen detectándose muy poco. En un estudio holandés, se identificaron únicamente entre el 20 y el 29% de los pacientes con depresión o distrés elevado durante la consulta.

Este artículo describe magníficamente un problema que todos intuimos, pero también pone de manifiesto una enorme contradicción. Sabemos desde hace años que la salud mental influye tanto en la evolución de la DM y sus comorbilidades, pero sigue tratándose como un aspecto secundario.

La recomendación de realizar cribados anuales de distrés o depresión es incuestionable, pero la presión asistencial, la escasez de profesionales de salud mental y la ausencia de circuitos específicos hacen muy difícil integrar la atención psicológica.

Una propuesta excelente es incorporar psicólogos a los equipos de atención al paciente con DM, pero es poco factible dada la realidad de nuestro sistema sanitario. Antes de hablar de «medicina de precisión en salud mental», quizá deberíamos garantizar algo mucho más básico: que cualquier paciente con DM y depresión pueda ser valorado por un profesional de salud mental en un plazo razonable.

En definitiva, la revisión lanza un mensaje incuestionable: no existe una buena atención diabetológica sin atención psicológica. El problema es que conocemos perfectamente el diagnóstico del sistema, pero seguimos sin aplicar el tratamiento.





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