La edición de 2026 de las Scientific Sessions de la American Diabetes Association, celebrada en Nueva Orleans, llegaba con un programa científicamente muy potente: nuevas terapias incretínicas, obesidad, enfermedad renal diabética, tecnología, inteligencia artificial, MASH, prevención, diabetes tipo 1, complicaciones microvasculares y actualización de estándares. Sin embargo, el inicio del congreso ha estado marcado por una polémica que trasciende el contenido estrictamente clínico y obliga a mirar a la diabetes desde una perspectiva más amplia: la de la financiación pública de la investigación, la independencia académica y el papel de las sociedades científicas ante las presiones políticas.
El programa oficial anunciaba como conferencia inaugural la intervención de Jay Bhattacharya, director de los National Institutes of Health, dentro de la sesión de bienvenida del viernes 5 de junio. No era un detalle menor. La presencia del máximo responsable del NIH en el mayor congreso mundial sobre diabetes tenía una evidente carga simbólica, especialmente en un momento de fuerte debate en Estados Unidos sobre el futuro de la investigación biomédica, la financiación pública, la reorganización de agencias sanitarias y el impacto de las decisiones políticas sobre la ciencia. (Sigue leyendo...)
Finalmente, Bhattacharya no acudió y fue sustituido por Richard Woychik, asesor sénior del NIH vinculado a la estrategia Make America Healthy Again. El cambio de ponente se produjo en un contexto especialmente sensible, con parte de la comunidad científica estadounidense preocupada por los recortes, los cambios administrativos y la orientación política de la investigación biomédica bajo la administración Trump. Lo que podría haber sido una sesión institucional relativamente previsible terminó convirtiéndose en uno de los focos informativos del congreso.
La controversia se intensificó aún más cuando varios investigadores fueron expulsados del recinto tras distribuir copias de un editorial publicado en Diabetes Care. Entre ellos se encontraba Steven E. Kahn, editor jefe de la revista y primer firmante del texto. El editorial, titulado “Misguided Brushes of a Pen Continue to Dismantle and Destroy Biomedical Research in the United States: We Can No Longer Afford Complacency and Fear. We Must All Act Now!”, constituye una crítica muy dura a las políticas de la administración Trump en materia de investigación biomédica y financiación del NIH.
El texto de Kahn y colaboradores no se limita a una crítica genérica. Señala que, aunque el Congreso rechazó una propuesta inicial de reducción cercana a los 18.000 millones de dólares para el NIH en el año fiscal 2026, la administración habría continuado impulsando nuevas reducciones presupuestarias y cambios internos con capacidad de alterar profundamente la infraestructura científica estadounidense. Los autores describen recortes de personal, retrasos en los consejos asesores, disminución de oportunidades de financiación, menor capacidad para lanzar convocatorias específicas de investigación y cambios en la forma de financiar proyectos plurianuales. Su preocupación de fondo es clara: no se trataría solo de gastar menos, sino de modificar el modo en que se decide qué ciencia se financia, quién la evalúa y con qué prioridades.
La diabetes aparece en el editorial como un ejemplo particularmente relevante de lo que puede perderse cuando se debilita la investigación pública. Los autores recuerdan el papel histórico del NIDDK y del NIH en estudios que han cambiado la práctica clínica: DCCT/EDIC en diabetes tipo 1, DPP/DPPOS en prevención de diabetes tipo 2, TrialNet en prevención y retraso de la diabetes tipo 1, así como redes de investigación sobre islotes pancreáticos, biología de la célula beta, obesidad, nutrición y centros de investigación traslacional. No hablamos, por tanto, de una discusión abstracta sobre presupuestos: hablamos de la estructura que ha permitido generar muchas de las evidencias que hoy consideramos pilares de la diabetología moderna.
La expulsión de investigadores por distribuir un editorial crítico añade otra capa al problema. Una sociedad científica debe garantizar el respeto, la seguridad y el cumplimiento de normas dentro de un congreso, pero también debe proteger el debate científico, especialmente cuando lo que se discute afecta directamente a la investigación, la salud pública y los pacientes. El equilibrio no siempre es sencillo, pero la imagen de científicos expulsados por compartir un texto publicado en una revista de referencia resulta difícil de encajar en un espacio que debería favorecer precisamente la discusión crítica.
Nada de esto resta valor al contenido científico de la ADA 2026. Al contrario: lo contextualiza. Sin financiación estable, sin instituciones independientes y sin una cultura científica que tolere el desacuerdo, la innovación se vuelve más frágil. Como dice nuestro querido Dr. Josep Franch, "En la casa de la ciencia se investiga con las puertas abiertas".
Quizá esta sea la gran lección del inicio de la ADA 2026. La diabetes no es solo una enfermedad metabólica. Es también una enfermedad atravesada por la política sanitaria: precio de los medicamentos, acceso a tecnología, cobertura de tratamientos para la obesidad, financiación de ensayos clínicos, investigación en prevención, equidad, determinantes sociales y prioridades de salud pública. Cuando se debilita la investigación biomédica, no pierde solo la academia; pierden los pacientes actuales y los futuros.
La ADA 2026 seguirá ofreciendo ciencia de primer nivel. Pero esta edición ya ha dejado una pregunta que va más allá de cualquier sesión concreta: ¿cómo proteger el progreso científico en diabetes cuando la evidencia, la financiación y la libertad académica entran en tensión con la política? La respuesta no puede limitarse a los laboratorios ni a las salas de congresos. También exige una defensa activa de las instituciones que hacen posible que la ciencia avance.
La sombra de algunos políticos es alargada.
Cuídense.

No hay comentarios:
Publicar un comentario