Si hay una enfermedad que se nos cuela por la puerta de la consulta sin hacer ruido, esa es la EHmet (esteatósica asociada a disfunción metabólica), antes NAFLD, ahora MASLD. Está ahí, la vemos de refilón en ecografías, en analíticas con transaminasas “un pelín altas”, en pacientes con DM2, obesidad, dislipemia… pero seamos sinceros: muchas veces la dejamos para otro día. No por desinterés, sino porque el día a día en Atención Primaria ya va bastante cargado.
El artículo que propone el algoritmo de manejo de la EHmet desde la Fundación redGDPS viene a decirnos algo muy claro: la EHmet ya no es solo “cosa del digestivo”, es un problema metabólico, cardiovascular y, por tanto, muy nuestro. Y tiene razón. Si la mayoría de estos pacientes pasan por nuestra consulta varias veces al año, ¿cómo no vamos a liderar también la detección precoz del hígado graso metabólico? (Sigue leyendo...)
Uno de los grandes aciertos del enfoque es poner palabras a algo que intuimos desde hace tiempo: la EHmet es una pandemia silenciosa. Afecta a una de cada cuatro personas adultas y, en los pacientes con DM2, la cosa se dispara. En la práctica real, sin embargo, el diagnóstico registrado es ridículamente bajo. ¿Por qué? Porque la EHmet no duele, no da síntomas claros y no suele ser el motivo de consulta. Si no la buscamos, no la encontramos. Y si no la encontramos, llegamos tarde: fibrosis avanzada, cirrosis o, peor, un carcinoma hepatocelular que nos pilla con cara de “ojalá lo hubiéramos visto antes”.
Aquí es donde el algoritmo propuesto resulta tan útil: nos baja la EHmet de las guías clínicas a la realidad de la consulta clínica. Nada de pruebas raras ni de pedir cosas imposibles. Identificar a pacientes de riesgo (DM2, obesidad, síndrome metabólico), calcular índices sencillos como el FLI para sospechar esteatosis y, sobre todo, usar el FIB-4 para estratificar riesgo de fibrosis. Con cuatro datos que ya tenemos en la analítica (edad, AST, ALT y plaquetas) podemos saber si el paciente se queda con nosotros, si necesita una segunda prueba tipo elastografía o si hay que derivar directamente a hepatología.
Esto no solo ordena la práctica clínica, sino que nos ahorra derivaciones innecesarias y, al mismo tiempo, evita que se nos escapen los pacientes que sí tienen riesgo real. En un sistema sanitario con recursos finitos, esto no es un detalle menor: es puro sentido común clínico.
Otro punto fuerte del documento es que no se queda en el diagnóstico y no hacemos nada, sino que integra la EHmet en el abordaje global del riesgo cardiovascular. Y esto es clave. La principal causa de muerte en estos pacientes no es el hígado, es el corazón. Así que detectar EHmet no es añadir una etiqueta más al problema, es una oportunidad para afinar el control de la presión arterial, el perfil lipídico, la glucemia, el peso y el estilo de vida. En otras palabras: mejora nuestro trabajo en medicina de familia.
Además, el artículo aterriza bien las recomendaciones de grandes guías como las de la European Association for the Study of the Liver (EASL), la American Association for the Study of Liver Diseases (AASLD) o la American Diabetes Association (ADA) en nuestro contexto real. Porque no es lo mismo leer una guía internacional que intentar aplicarla en un centro de salud con listas de espera para elastografía o con acceso limitado a pruebas de imagen. El algoritmo de la redGDPS asume esa realidad y propone alternativas prácticas: si no hay FibroScan, no nos quedamos parados; intensificamos estilo de vida, optimizamos tratamiento metabólico y reevaluamos.
Y hablando de tratamiento, el mensaje es claro: el pilar sigue siendo el estilo de vida. No hay fármaco milagro que sustituya a la pérdida de peso, el ejercicio regular y el control metabólico. Pero también es verdad que el panorama terapéutico está cambiando, con fármacos que ya usamos en diabetes y obesidad (como los agonistas del GLP-1 o los agonistas duales GIP/GLP-1) que, de paso, mejoran la EHmet. Esto nos coloca en una posición privilegiada: podemos matar varios pájaros de un tiro si elegimos bien el tratamiento antidiabético o antiobesidad en pacientes con EHmet.
Desde el punto de vista del médico de familia, el valor real del algoritmo no es tanto la novedad científica como la claridad operativa. Nos dice: “Mira, con estos pasos sencillos puedes hacer cribado, estratificar riesgo y decidir a quién derivar”. En un contexto de sobrecarga asistencial, eso es oro. Menos dudas, menos variabilidad clínica y más sensación de que estamos haciendo algo útil por nuestros pacientes, incluso antes de que aparezcan las complicaciones graves.
En resumen, la propuesta de redGDPS no es un papel más para archivar en la carpeta de guías. Es una llamada a asumir que la EHmet está en nuestro terreno de juego en Atención Primaria. Si la diabetes, la obesidad y el riesgo cardiovascular son nuestro pan de cada día, el hígado graso metabólico también debería serlo. Integrar el FIB-4 en la revisión anual del paciente con DM2 no nos va a alargar la consulta, pero sí puede cambiarnos el pronóstico de muchos pacientes a medio y largo plazo.
Quizá no podamos con todo, pero con un algoritmo claro y herramientas sencillas, al menos dejamos de mirar al hígado graso como “eso que ya verá el digestivo algún día” y empezamos a tratarlo como lo que es: un problema metabólico más… y muy nuestro.

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