Es frustrante leer un artículo que recorre toda la historia natural de la DM2 y, sin embargo, seguir teniendo la sensación de que vamos siempre un paso por detrás. Desde la evidencia científica se nos recuerda con insistencia que estamos inmersos en una auténtica pandemia de DM2 y que esta situación se puede prevenir. Presionados por la alarma social, los responsables políticos y gestores lanzan mensajes sobre la necesidad de mejorar las cifras. Sin embargo, estos mismos responsables no ponen en marcha las herramientas necesarias para lograrlo. Y ahí está la verdadera paradoja: se sabe lo que hay que hacer, pero quienes tienen el poder de actuar siguen sin hacerlo.
El trabajo que comentamos describe de forma detallada cómo prevenir la DM2 a lo largo de todas las etapas de la vida de una persona, desde la concepción hasta la vejez, pero deja una sensación constante de distancia entre la situación teórica que plantean los académicos, gestores y políticos frente a la práctica real a la que nos enfrentamos los sanitarios a diario. (Sigue leyendo...)
Este artículo arranca en la etapa prenatal, definiéndola como un punto de partida clave. Expone que las condiciones metabólicas de la madre, sobrepeso, hiperglucemia, ya predisponen al hijo a la obesidad y la resistencia a la insulina (RI). No es una novedad, pero sí una evidencia que en la práctica se ignora sistemáticamente. A pesar del conocimiento acumulado, no se ha desplegado una estrategia de salud pública sólida que priorice el control metabólico y nutricional en mujeres en edad fértil. Ni rastro de programas preventivos, ni rastro de voluntad estructural.
Pasamos después a la infancia y adolescencia; la narrativa gira en torno a factores de riesgo conocidos: alimentación desequilibrada, sedentarismo, mal sueño, estrés crónico, desigualdad social. Se menciona el papel del entorno urbano obesogénico y se proponen intervenciones educativas, comunitarias y fiscales. Pero en la práctica, esas propuestas son puro papel mojado. La realidad es otra: máquinas expendedoras de bollería en colegios, menús escolares de dudoso valor nutricional y ninguna medida fiscal eficaz para limitar el acceso a alimentos ultraprocesados. Mientras tanto, las tasas de obesidad infantil no dejan de subir. El artículo lo reconoce, pero se queda en un diagnóstico sin soluciones estructurales contundentes. Porque decir «necesitamos políticas fiscales para gravar los alimentos ultraprocesados» está muy bien, pero que eso llegue a la consulta, a la calle, es realmente dudoso.
Continúa con la edad adulta; el foco pasa al cribado y a la intervención sobre la prediabetes. Aquí también se cae en el mismo error: mucha evidencia sobre eficacia de intervenciones intensivas en estilo de vida, pero muy poco sobre cómo implementarlas. Varios programas citados, por ejemplo, el Programa de Prevención de la Diabetes (DPP), muestran remisiones notables, pero ¿cuántos centros de salud cuentan con equipos multidisciplinares? En la práctica, hablar de revertir la prediabetes suena más a ilusión que a objetivo. El artículo propone recuperar la normoglucemia como estándar de salud pública, algo deseable, pero que se torna casi utópico frente al sedentarismo estructural, el acceso casi obligado a comida basura y la falta de recursos. De nuevo, se delega en el profesional sanitario lo que debería ser una responsabilidad del sistema: crear las condiciones mínimas para que el cambio de hábitos sea posible.
Finaliza abordando la última etapa, las personas más mayores. Se señala con razón que el balance entre beneficios y daños cambia. Este es un punto importante: en edades avanzadas quizá no sea prioritario revertir la prediabetes, sino más bien prevenir la fragilidad, preservar la funcionalidad, ajustar tratamientos. Aquí el artículo es más sensato, pero tampoco profundiza en cómo se ayuda a la toma de las decisiones clínicas adecuadas en la consulta diaria.
En conjunto, se hace un buen repaso fisiopatológico y epidemiológico de la DM2. Plantea un acertado enfoque que abarca de forma longitudinal todas las etapas de la vida. Pero se mueve en un plano excesivamente académico, de gestión sanitaria y de «política». Falla en lo esencial: no ofrece herramientas prácticas ni propone acciones políticas viables que transformen esta visión en acción real. Mientras tanto, seguimos sin una política ambiciosa en la promoción de hábitos de vida saludables (alimentación equilibrada y actividad física), sin entornos urbanos que favorezcan el ejercicio y sin tiempo para hacer verdadera educación en salud.
La prevención de la DM2 es técnicamente posible. Pero seguimos atrapados en discursos teóricos que no se traducen en cambios tangibles. Mientras no haya un compromiso real por parte de quienes diseñan el sistema, la prevención seguirá siendo un discurso vacío. Y los profesionales, una vez más, seremos testigos impotentes de una enfermedad que sabemos evitar, pero no nos dejan prevenir.
Para quienes trabajamos a diario en este frente de batalla, el problema ya no es la falta de evidencia científica, sino la ausencia de una voluntad real de actuar por parte de quienes tienen la capacidad de tomar decisiones políticas y de liderar una gestión sanitaria valiente que afronte esta pandemia con la seriedad que merece.


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