Nunca hemos sabido tanto sobre la obesidad ni hemos contado con herramientas terapéuticas tan eficaces para tratarla. Sin embargo, seguimos basando su definición en el IMC, una medida concebida hace casi 200 años. En una era de medicina de precisión y conocimiento profundo de la composición corporal, cabe preguntarse si ha llegado el momento de superar el IMC y redefinir qué entendemos realmente por obesidad.
El IMC ha perdurado como medida de referencia para clasificar el sobrepeso y la obesidad debido a su sencillez, reproducibilidad y utilidad epidemiológica. Sin embargo, presenta muchas carencias y se trata de una medida indirecta de la adiposidad. El IMC únicamente relaciona el peso con la talla, pero no proporciona información sobre la cantidad real de grasa corporal ni sobre su distribución. Este es uno de los argumentos centrales en contra del IMC: no distingue entre masa grasa y masa muscular. Esto puede llevar a clasificar erróneamente como obesas a personas con una elevada masa muscular, mientras que algunos individuos con un IMC considerado normal pueden presentar un exceso significativo de grasa corporal y un riesgo cardiometabólico elevado. Otro aspecto a tener en cuenta es que la interpretación del IMC varía según la edad, el sexo y el origen étnico, lo que limita su precisión como herramienta diagnóstica universal. (Sigue leyendo...)














