La irrupción de los arGLP-1 ha supuesto un cambio de paradigma en el tratamiento de la obesidad y la DM2, gracias a su elevada eficacia para reducir el peso corporal y mejorar el riesgo cardiometabólico. Sin embargo, más allá del número que refleja la básula, cada vez disponemos de más evidencia que pone el foco en la calidad de esa pérdida de peso y en sus posibles consecuencias sobre la composición corporal, especialmente en las personas de edad avanzada. Este trabajo revisa un aspecto de gran relevancia clínica: cuándo la pérdida de peso es beneficiosa y cuándo puede convertirse en un factor de riesgo por la pérdida de masa muscular y el desarrollo de fragilidad.
El artículo analiza el impacto de los arGLP-1 sobre la composición corporal y pone de manifiesto que el balance riesgo-beneficio de estos tratamientos no debe interpretarse de igual forma en todos los pacientes. La edad y el estado funcional condicionan de manera importante sus efectos y deben guiar la toma de decisiones. (Sigue leyendo...)
La trayectoria ponderal constituye un elemento clave en los pacientes tratados con arGLP-1 y aporta mucha más información que el peso aislado.
- Durante la pérdida de peso disminuye la grasa corporal, pero también se pierde masa muscular.
- Tras la suspensión del tratamiento, el peso suele recuperarse, aunque predominantemente en forma de grasa, mientras que la masa muscular se recupera de forma escasa, especialmente en las personas mayores.
- Como consecuencia, el paciente puede volver al mismo peso, o incluso superarlo, pero con una composición corporal más desfavorable: mayor proporción de grasa, menor masa muscular y peor capacidad funcional, favoreciendo el desarrollo de obesidad sarcopénica.
Sin embargo, en los adultos mayores (>65 años), el escenario cambia de forma significativa debido al predominio de un estado catabólico y a la resistencia anabólica asociada al envejecimiento. En esta población, una pérdida de peso superior al 5% incrementa de manera importante el riesgo de fragilidad, independientemente de que se consiga mediante tratamiento farmacológico o mediante cambios en el estilo de vida. El principal problema es que estos pacientes pierden masa muscular con facilidad durante el adelgazamiento y, a diferencia de los individuos más jóvenes, apenas consiguen recuperarla, incluso realizando entrenamiento de fuerza supervisado.
Como conclusión, los autores recomiendan que, en los adultos mayores con riesgo de desnutrición o fragilidad, la pérdida de peso deje de ser el principal objetivo terapéutico. En estos pacientes debe priorizarse una estrategia proanabólica basada en entrenamiento de fuerza progresivo y una ingesta adecuada de proteínas (1,2-1,6 g/kg/día), con el objetivo de preservar la función física y prevenir la discapacidad.
En definitiva, el mismo fármaco puede requerir decisiones distintas según el perfil del paciente. En el adulto menor de 65 años, metabólicamente sano y con sobrepeso u obesidad, la pérdida de masa muscular no parece desproporcionada y los beneficios del tratamiento superan claramente este efecto. En cambio, en el paciente anciano y frágil, el músculo perdido difícilmente se recupera y la pérdida de fuerza progresa mucho más rápidamente que la reducción de masa muscular. En este contexto, conviene dejar de centrar la atención exclusivamente en la báscula y priorizar la preservación de la fuerza muscular junto con un adecuado aporte proteico. No debemos valorar únicamente el peso o el IMC; resulta imprescindible analizar la trayectoria ponderal y la composición corporal para individualizar las decisiones terapéuticas.


No hay comentarios:
Publicar un comentario